Rosa limpiaba las oficinas desde antes de que la mayoría de los ejecutivos supieran usar una computadora. Entraba a las cinco de la mañana, cuando el edificio todavía dormía, y se iba antes de que llegara el primer traje caro.
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Nadie la saludaba por su nombre. Era la señora de la limpieza, un mueble más que se movía solo. Ella escuchaba todo: las reuniones con la puerta abierta, las llamadas nerviosas, los papeles que tiraban a la basura sin romper.
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